Siembra de pesares
- Regen undwodka
- 21 sept 2021
- 4 Min. de lectura
Alguna vez, mi mamá me contó que en cuando era pequeña tenía la idea de coleccionar millones de conchitas de mar, pues había escuchado una historia en la que estos eran cuidadores de las almas que sufrían, se llevaban tus malos sentimientos y situaciones, ella lo que quería era hacer un caracol gigante para cambiar el mundo y que toda la gente fuera feliz.
Cada día que iniciaba, mi mamá corría hacia la playa con su vestido de exploradora, se colocaba botas pesqueras, un sobrero que su abuelo le había regalado y, como era normalmente a eso de las 8 de la mañana, el frío aún no era soportable, así que tenía lista su chamarra color vino, ella decía que era la chamarra de la suerte, pues cuando inició con esta costumbre fue porque en poco tiempo encontró unas 15 conchitas y caracoles, no la soltó nunca. Normalmente recolectaba entre 10 a 15 a lo largo de una hora. Regresaba de nuevo a casa a tomar el desayuno y correr a la escuela.
En una ocasión mis tío le hicieron una mala broma, ellos eran más grandes, así que decidieron esconder sus caracoles. Mi mamá los contaba siempre antes de dormir, tenía un lugar específico donde creía que estaban a salvo, esa noche, se percató que no lo era tanto como pensaba. Comenzó a buscar por toda la habitación, en la que dormía con su hermana mayor y mi abuela, movió colchones, cajones y ropa, no las encontraba y comenzó a llorar y mi abuela subió a ver lo que sucedía. Mi mamá le dijo que no encontraba sus caracoles y que ahora todos morirían, mi abuela la tranquilizaba diciéndole que nada pasaría, ya que ella tenía la energía de los caracoles consigo, que algo había sanado y ellos habían partido -"pero cómo". -"Pues claro porque eres quien las recolecta, tu has tocado esos caracoles y no solo es por ellos, tu tienes una intención, ¿no es así? Entonces lo transmites a los caracoles y estos a ti, por lo tanto tus caracoles no están perdidos, están aquí". -"¿En mi corazón?
Después de aquella plática, mi abuela regañó a mis tíos por lo que habían hecho, les pidió que los devolvieran pero los habían regresado a la playa. Mi mamá sabía que habían sido ellos quienes los habían escondido, no les dijo nada y prefirió hacer caso a lo que mi abuela le había dicho. Se preguntaba qué era lo que ella había sanado y también lo que sus hermanos necesitaban sanar, lo pensó de esa forma y cambió el enojo que tenía hacia ellos por compasión.
Tal vez, ¿un raspón?
¿La desesperación que tienen por salir de la situación en la que se encontraban?
¿Los caracoles daban claridad?
No había algo que sanar, hasta dos meses después que mi abuela enfermó, le diagnosticaron cáncer y ya estaba muy avanzado, ni mi abuelo, ni mis tíos sabían cómo no había presentado algún malestar, mi mamá estaba enojada con los caracoles, ya que ellos no habían impedido que su madre enfermara, los pocos que recolectó de nuevo, los tiró a la basura, curiosamente, mis tíos los sacaron y los devolvieron a mamá. Los cuatro hermanos se encontraban juntos, tristes, porque mi abuela estaba en sus últimos días, la tarde antes de que conciliara el sueño eterno, los llamó a todos y les dijo que permanecieran siempre unidos, que ella se iría muy contenta porque en estos días les había visto apoyarse entre todos, apoyando incluso al abuelo en el negocio. Les dio un beso en la frente a cada uno y le dijo a mamá que sacara una cajita del armario, le pidió abrirla. Estaba llena de caracoles.
-"Nada es eterno, al menos no en este plano, quizás mi alma se extienda por el mar o por todo el universo, quizás haya un cielo en donde yo les estaré mirando, pero ahí ya no caben los objetos, ya no cabe lo que alguna vez tuvimos aquí. Los caracoles también tienen un ciclo, hoy regresarán al mar, ellos me acompañaron por largo tiempo, sanando mis sufrimientos de vida y algunos otros malestares. Hay cosas que son inevitables como la muerte, las vida se trata de despedidas, solo cambia el tiempo, hay unas más rápidas y otras que tardarán años. Hoy llega la nuestra y la de estos caracoles. Celeste, los caracoles no hacen todo por sí mismos, también nosotras debemos ayudarles a sanarnos, a cuidarnos. Santiago, Elena, Celeste y Carlos, cuídense y procúrense, ayuden a su padre, respétense y cumplan sus sueños, si quieren salir de aquí, lo harán pero sean pacientes. Les amo mis niños. Ahora dejen que su padre entre, por favor. Vayan".
Así es, no conocí a mi abuela, pero sé que está presente en los caracoles que ahora guardo. Mi mamá no los tiró en el mar, los mantuvieron en la caja hasta que cada quien comenzó su propio destino. Se repartieron los caracoles entre mis tíos y el abuelo. El caracol renueva su energía, esa es su muerte y su inicio. Mi mamá me regaló dos de aquellos caracoles, ella tiene otros tres y uno lo tiene papá. No sé por cuántas muertes más pasarán, pero sí sé, que al menos el tiempo que estén en mis manos, me ocuparé de que sea más vida de que estén lleno, que las penas que tengan que curarme.
Regen A.



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